Excursión

Guardan silencio. No hay tensión en su experiencia. Parece algo habitual en ellos. Él mira hacia adelante. Su horizonte es dinámico. Tiene coches delante del suyo y debe estar ocupado y concentrado en el movimiento de esa fila. Sus labios cerrados trazan una curva, mezcla de autosatisfacción y cierto desdén por ese momento en que debe permanecer parado.  Algo en sus ojos desmiente el aparente desdén. Permanecen fijos, sin resentimiento ni pasión hacia lo ajeno. Miran con sencillez y tranquilidad la evolución de la marcha. Es un hombre maduro. Probablemente tenga algún nieto o podría tenerlos, aunque ahora viaja solo el matrimonio.
Ella observa su propio rostro enmarcado en una media melena de color rubio artificial. Masca chicle en silencio y observa con cierta satisfacción su rostro en el espejo colocado en la visera que le protege del deslumbramiento del sol de la tarde. Mira un poco por la ventanilla de su lado derecho. Se coloca el chicle de nuevo en otra parte de su boca y vuelve a ponerlo en movimiento. Chicle y ella dialogan y se envuelven en besos internos. El silencio es completo, excepto el leve ruido del masticar y entrechocar las mandíbulas. Él mira hacia su izquierda y recupera inmediatamente la visión frontal. Ella mira hacia su imagen en el espejo. Se retoca el pelo, se pasa la mano por el rostro, como para comprobar su forma imaginada, su tacto. El silencio acompaña el viaje de la pareja. Se reemprende la marcha. Se oye el ruido del motor al poner la primera.
La tarde viaja hacia su ocaso.

Isabel, enero 2012

Juntos

La tarde discurre despacio. El reloj de la sala, ese que ha presenciado todos los encuentros y desencuentros producidos alrededor de su espacio a lo largo de 30 años, sigue su rítmica marcha hacia algún lugar o meta inexplicable, círculo que algún día se para.
Entran, como el aire frío, rompiendo el silencio y encierro que se palpaba entre los latidos del reloj y la espera.
Sus voces llevan todavía algo del aire respirado y su aliento parece exhalar parte de sí mismos.
-¿Has visto lo raro que nos ha saludado el vecino?
-Directamente no ha saludado, no sé qué tiene de raro un saludo que no existe.
-Bueno, quiero decir que es raro él.
-Ah, ¿cómo te has dado cuenta?
-Porque no ha saludado.
-Yo  no le llamaría raro a su silencio; diría que está absorto en sus cosas, malhumorado, que es maleducado, que es antipático, que es mudo y sordo y ciego, inexpresivo...; pero ninguna de esas manifestaciones son muy raras o extrañas ni tampoco extraordinarias; aunque pensándolo mejor, todas ellas juntas, sí que podrían considerarse excepcionales…
-No seas tan meticuloso. Me pones nerviosa cuando te pones en el plan de que lo sabes todo y que los demás somos tontos.
-¡Hum…! Este reloj no se atrasa ni un segundo. Es perfecto.
-Me voy a la habitación para cambiarme.
-(...)
Continúa la tarde y el reloj marca en su ritmo y con su propia voz las bocanadas del exterior y del interior en esa mezcla singular, inexplicable...

Isabel, enero 2012

Sorpresa

-Es de noche, y ya te dije que temía la oscuridad. No me dejes sola, por favor.
-Si no me voy…; sólo me giraré para dormir un poco.
-Es que me da miedo. Mírame hasta que me duerma.
Se oye un suspiro que parece la voz del asombro y del hartazgo en una combinación confusa.
-¿Es posible que me estés diciendo lo que oigo?
-¿No te avisé que era muy miedosa?
-Sí, pero ser miedosa es una cosa y exigir que vigile tu sueño hasta que te duermas es otra. ¿Qué hacías hasta ahora?
-No seas desagradable ni grosero. Sólo te pido que me mimes un poco…
-¿Por qué no me cuidas un poco tú a mí?
-Ya veo que no me quieres. El otro día me decías que lo harías todo por mí…
-Ya lo estoy haciendo. Puedes estar segura de que esta conversación tiene mucho más trabajo del que imaginas.
Se oye un inicio de gemido y un bufido. Sonidos más o menos articulados rasgan la noche en una cueva del piso 21 del siglo XXI.

Isabel, enero 2012

Una decisión

 Simplemente le dijo "Ya es tarde. Me voy. Nada puedo añadir a lo que he intentado ofrecerte." Creyó que estaba en lo cierto. Debería, quizá, pasar más tiempo para comprender nuevas cosas y aplicarlas, discurrir por los páramos para volver hacia el jardín y ofrecer su experiencia de soledad, de libertad desnuda y viento, sin vegetación frondosa ni cortafuegos. Dudaba. Los pasillos de la casa se estrecharon y alargaron mientras sus pasos la conducían a la puerta.
Esperaba su llamada. Casi podía oír la voz que le pedía "no te vayas, todavía no hemos terminado nuestro aprendizaje, nunca podremos terminarlo, porque deseo estar contigo siempre y juntos crear días, iguales y distintos".
Eso pensó, deseó que el otro lado de aquel largo pasillo clamara eso o algo semejante; pero no oyó ningún indicio ni nadie –incluido el aire– articuló ningún sonido. Sólo sus pasos envolvían  con su voz  sus oídos; su marcha se producía y no podía decir–aunque así fuera– que temía que fuese cierto lo pronunciado, que temía como real que nada pudiera ya hacer para lograr convencerlo del error de ambos.
Se paró un momento. Miró hacia atrás. Comprendió que no era su pasado. Había oído eso de mirar atrás relacionado con el pasado, pero ahora no se trataba del pasado. Era un presente vivo y caminaba hacia la muerte si marchaba en sentido contrario, hacia una muerte autoinfligida, absurda…
Se dio la vuelta y lo miró mientras se acercaba hacia sus brazos.  Llegó con el corazón abierto, tan veloz como la voz de su abrazo la envolvió, y así permanecieron, juntos ya, en un silencio lleno de la profunda verdad de su alegría y con la promesa implícita de ambos.  No podían, no debían ni querían separarse. Nada era más importante que aquello que ambos tenían en sí y en su abrazo. Lo demás podía esperar…

Isabel, enero 2012